Preguntas a la
luz
Exterior es el
límite. Interior, lo ilimitado.
Para preparar mejor al hombre a
morir del hombre, ¿creó Dios el tiempo?
Para dejar a Dios el tiempo de
morir de Dios, ¿concibió la eternidad el hombre?
El instante muerde
en la duración, nunca sobre la eternidad, que es duración
incontrolable.
¿Y si el ayer –oh noche clavada, todo mi pasado- se
rehusara a abdicar?
No hay palabra que no esté, desde ya, envuelta de
porvenir.
El dolor, la desgracia, acceden, ellos también, a la
mañana.
Uno se pregunta en la noche; pero movida por una
comprensible necesidad de mirar y, para nosotros, de mirarnos en ella, la
pregunta está siempre vuelta hacia la luz.
La luz de la pregunta
nunca es sino la pregunta a la luz.
Hay que haber llorado mucho
para apreciar una sonrisa: arco-labios. Arco-iris.
-No puedo
conocer a otro sino a través de mí. ¿Pero quién soy?
-¿El fuego conoce
el fuego?
-¿El bosque conoce el bosque?
Es a la madera que consume
que el fuego le debe el ser fuego; como el bosque, al fuego que lo
reduce a las cenizas, le debe el haber dejado de ser un
bosque.