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"Movimientos de afirmación": la política de la identidad
...los movimientos etiquetados como de "liberación sexual"
deben ser entendidos como movimientos de afirmación que empiezan por la
sexualidad. Esto significa que son movimientos que empiezan con la sexualidad,
con el aparato de la sexualidad en el que estamos atrapados, y que hacen que
éste funcione hasta el límite; pero, al mismo tiempo que se mueven en relación
con él, desembarazándose de él y superándolo. Michel Foucault, entrevista a
Telos, 1977 Identidad y comunidad
Las políticas sexuales recientes han sido políticas de
identidad. Para muchas personas en el mundo moderno, saber quiénes somos
implica conocer nuestra sexualidad, reconociendo, en frase de Christopher
Isherwood, a qué "tribu" estamos afiliados, a dónde pertenecemos realmente.
Michael Denneny lo ha expresado así:
Encuentro que mi identidad como hombre gay es tan básica como
cualquier otra identidad que pueda reivindicar. Mi condición de gay es un
aspecto más esencial de lo que soy que mi profesión, clase o raza.1
El reconocimiento de una auténtica ubicación configura
nuestra forma de ver y de vivir nuestras vidas, liberando sentimientos y
energías de cuya existencia apenas sabíamos. Para Pat Califia: "Saber que yo era lesbiana transformó mi manera de ver,
escuchar, percibir el mundo entero. Adquirí conciencia de una red de
sensaciones y reacciones que había ignorado toda mi vida" 2.
De este renovado sentido de identidad, de pertenencia, ha fluido una
reorientación del compromiso personal y también de la identificación política.
Para Charlotte Bunch, "el feminismo está en la base de mi identidad personal y
de mi política"3. Muchos de los que han estado implicados en la
política sexual radical en los últimos quince años han expresado sentimientos
parecidos y establecido idénticas afiliaciones.
Sin embargo, sabemos al mismo tiempo, y frecuentemente merced
a las mismas personas que tan apasionadamente afirman su identidad sexual, que
esa identidad es provisional, siempre precaria, dependiente y constantemente
enfrentada con una relación inestable de fuerzas inconscientes, con
significados sociales y personales cambiantes, y con las contingencias
históricas:
No existió nunca un clon de Castro, una feminista lesbiana o un Informe
Kinsey 6, hace un siglo, y de aquí a cien años, estos tipos estarán tan
extinguidos como Urnings4.
Aquí se da una paradoja preocupante. Cada vez somos más
conscientes de que la sexualidad tiene que ver con el cambio, que lo que
nosotros llamamos "sexual" es tanto un producto del lenguaje y de la cultura,
como de la naturaleza.
Pero nos esforzamos concienzudamente en fijarlo,
estabilizarlo, decir quienes somos al hablar de nuestro sexo; y los
abanderados de esta articulación consciente del sentido del ser han sido
descalificados radicalmente por la tradición sexual. Desde finales del siglo
XIX, la mayoría de las sociedades occidentales han sido testigo del esfuerzo
prolongado desarrollado para hacer realidad una identidad, o
identidades,lesbiana y homosexual. A medida que se han hecho más abiertas y
variadas, más conscientemente políticas las formas de vida homosexual, se han
escuchado a su estela reivindicaciones de otras identidades sexuales válidas.
"La movilización de los homosexuales", observó Gayle Rubin, "ha proporcionado
todo un repertorio de ideología y tecnología organizativa a otras poblaciones
eróticas"5.
Los travestis, transexuales, pedófilos,
sadomasoquistas,fetichistas, bisexuales, prostitutas y otros -cada grupo
marcado por preferencias, o aptitudes sexuales específicas, frecuentemente
subdivididas y definidas por estilos, morales y comunidades específicas, cada
una con específicas historiasde autoexpresión- han aparecido en la escena
mundial para reivindicar su espacio y sus "derechos" 6. En las
comunidades metropolitanas más grandes de Occidente, de San Francisco a
Sydney, de Londres a Toronto, de Amsterdam a Nueva York, de París a Los
Angeles, se ha luchado por la identidad sexual en comunidades sexuales
emergentes, que a menudo tienen peso material e influencia política, y ofrecen
una enorme diversidad de facilidades para satisfacer las necesidades y
posibilidades sexuales más minuciosamente especializadas7. La mayoría
de estas identidades sexuales han sido construidas sobre la base de las
categorías de los sexólogos. Pero han aumentado al ser vividas. Como ha
señalado John D'Emilio en relación con la homosexualidad:
La vida en g rupo de los hombres y las mujeres gay llegó a
abarcar no sólo la interacción erótica, sino también la actividad política,
religiosa, y cultural. La homosexualidad y el lesbianismo han llegado a
constituir más una identidad humana que una categoría sexual8.
Pero esta apreciación histórica, sin duda correcta, nos
devuelve contundentemente al problema central: ¿por qué estamos tan
preocupados por la identidad sexual? Están en juego temas fundamentales a
propósito de las relaciones y elecciones sexuales. Por eso, el debate no es
algo misterioso, restringido a las "minorías sexuales". Arroja cierta luz
sobre la naturaleza misma de la masculinidad y la feminidad actuales.
Hay una ambivalencia en el concepto mismo de "identidad".
Dice informarnos acerca de lo que tenemos en común, de la que nos asemeja y
nos hace reconocibles, de lo que es verdadero en nosotros. Aliada a la tarea
prescriptiva de la religión, la psiquiatría, la medicina o la ley, opera
también de manera que nos dice lo que nos hace verdaderamente "normales". Es
en este sentido como la imposición de la identidad puede verse como una burda
táctica del poder, diseñada para oscurecer la auténtica diversidad humana con
categorizaciones estrictas de uniformidad. La publicación por parte de Michel
Foucault de las trágicas memorias de Herculine Barbin, un hermafrodita de
mediados del siglo XIX, es una dulce elegía al "feliz limbo de una no
identidad", así como una advertencia de las graves consecuencias que lleva
consigo insistir en la existencia de una identidad verdadera, oculta bajo las
ambigüedades de la apariencia externa 9. La búsqueda de una "identidad
verdadera" es aquí una amenaza y un desafío, porque es la negación de la
elección. Afirma encontrar lo que realmente somos, o deberíamos ser. La suya
es una realidad de restricción y fuerza.
Pero, al mismo tiempo, "identidad es diferenciación"
10,tiene que ver con las afinidades basadas en la selección, la
autoactualización y la elección. Es, por tanto, algo que tenemos que buscar,
algo que tiene que ser conseguido a fin de estabilizar el ser, defenderse de
la anomia y de la desesperanza. Para Erickson, que le puso un nombre al
problema("crisis de identidad") después de la Segunda Guerra Mundial, la
identidad personal equivale aproximadamente a la individualidad 11. Es
una realidad para la cual hay que lucharen contra del peso imponente de lo
social, y se encuentra enlos intersticios de la sociedad, en los recovecos
olvidados por las fuerzas sociales de mayor peso. Dennis Wrong ha sugerido que
términos como "identidad" y "crisis de identidad" se han convertido en "faros
semánticos de nuestro tiempo, emblemas verbales que expresan nuestro malestar
frente a la vida moderna y la sociedad moderna "12. Apuntan a la
necesidad de una "autenticidad" para oponerse a los impulsos contrarios a la
vida en la sociedad contemporánea. Para Cohen y Taylor, "la labor de
identificación" debe hacerse en contra de o a pesar de las disposiciones
institucionales de la sociedad", desafiando el peso de la "realidad suprema"
13. La "identidad" es algo que está ahí, de verdad, pero hay que
asumirla; es la verdad absoluta sobre nosotros mismos, pero hay que
encontrarla. Su ambigüedad refuerza nuestra ansiedad moderna.
En cambio, para los sexualmente marginados parece ser un
ideal esencial. En 1925, el artista F. O. Mathiesson escribió a su nuevo
amante Russell Cheney: "Desde luego, esta vida nuestra es enteramente nueva, ninguno
de los dos conoce un caso paralelo. Estamos en medio de un país inhabitado
cuyo mapa no ha sido trazado. Que ha habido otras uniones como la nuestra, es
evidente, pero no podemos servimos de su experiencia. Nos lo tenemos que crear
todo. y la creación nunca es fácil" 14.
Aquí apenas existe una "identidad". Hay, sin duda, poca
comunión de conocimientos. Pero sí existe un sentido del ser y un sentido de
la necesidad y del deseo; la nota urgente de la búsqueda y de la autoactividad
es inequívoca. La búsqueda de una identidad ha sido una característica de la
historia de la homosexualidad a lo largo de este siglo. Su encuentro ha sido
descrito invariablemente en términos de haber alcanzado un hogar en el ser
esencial, hasta entonces enterrado bajo el detritus de informaciones falsas y
prejuicios. Es como hallar un mapa para explorar un nuevo país. Este
descubrimiento ha sido la condición previa para un sentido de la unidad
personal. Las categorizaciones y las autocategorizaciones, es decir, el
proceso de formación de la identidad, pueden controlar, restringir e inhibir,
pero al mismo tiempo proporcionan "acogida, seguridad y confianza" 15.
Y la condición previa para esto ha sido a su vez un sentido de vínculos más
amplios, de lo que podemos llamar más exactamente comunidad sexual. Es en las
relaciones sociales donde los sentimientos individuales adquieren significado
y se hace posible la "identidad".
La razón más evidente para poner este énfasis en la identidad
es que, para muchísimas personas, es su propia sexualidad lo que se cuestiona.
La sociedad moderna se encuentra fragmentada por muchas divisiones, marcada
por clases, razas, religión, ideología, status y edad. Estas se intersectan
con otras dos divisiones fundamentales, a las cuales hacen más complicadas, si
bien no son su causa: género y preferencia sexual. Es sólo en determinadas
épocas, en determinadas culturas, cuando estas divisiones se convierten en
foco central de polémica política. Aunque el feminismo se ha extendido por
Occidente (y por ciertas partes del Tercer Mundo) desde finales de los años
sesenta, los aspectos más específicos de la elección sexual no se han
convertido en general en motivo de grandes movilizaciones. En países como Gran
Bretaña y Francia, las cuestiones de clase e ideología pesan más que la
sexualidad. Pero, en Estados Unidos, donde las fidelidades de clase están
menos fijadas; donde la política se ve más orientada a la formación de
coaliciones; donde la política de las "minorías", sobre todo las luchas de los
negros, está mejor establecida; y donde las fidelidades sociales son en suma
más fluidas, la sexualidad sí se ha convertido en un tema político potente, y
las comunidades sexuales han pasado a ser bases para la movilización política,
afirmando identidades sexuales diversas.
Esta preocupación por la identidad no puede explicarse como
efecto de una peculiar obsesión personal por el sexo. Debe verse, más
exactamente, como una poderosa resistencia al principio organizador de las
actitudes sexuales tradicionales, codificadas según un presupuesto
heterosexual dominante y generalizado de la tradición sexual. Son los
radicales sexuales los que han politizado la cuestión de la identidad sexual
de manera más insistente. Pero la agenda se ha configurado en gran parte por
la importancia que se le asigna en nuestra cultura a la sexualidad "correcta";
y, sobretodo, a la sexualidad correcta de los hombres. Ethel Spector Person ha
señalado "el curioso fenómeno por el que la sexualidad consolida y confirma el
género en los hombres, mientras que en las mujeres es un rasgo
variable"16. Para los hombres modernos, la masculinidad se expresa, al
menos en parte, a través de su sexualidad. El hombre impotente siente
amenazada su identidad masculina y también su sexualidad. La sexualidad y el
rendimiento sexual se cuentan entre los ingredientes más vitales de la
identidad heterosexual masculina. Este mensaje siempre estuvo implícito en los
escritos de los sexólogos que tomaron el impulso masculino agresivo como el
propio modelo de lo que era la sexualidad. Pese a resultar predominante en los
textos sobre el sexo, de manera que las mujeres aparecen siempre como "el
otro", y las minorías sexuales como desviaciones que todavía requieren una
explicación, la heterosexualidad masculina ha sido poco estudiada como
fenómeno histórico y social. El curioso resultado es que sabemos que en
nuestra cultura el sexo masculino y las identidades de género están, y así se
espera quesea, profundamente ligadas, pero no está muy claro cómo sucedió tal
cosa ni tampoco se sabe siquiera en detalle cómo es vivida hoy en día.
Si bien esta tortuosa historia no es transparente, sus
efectos sí lo son. La confianza en sí mismo en el ámbito sexuales considerada
como una de las normas de la masculinidad; y hasta tal punto, que la ansiedad
es una de las principales causas de la impotencia secundaria. Al mismo tiempo,
el énfasis que los hombres ponen en el éxito sexual es claramente un indicador
de una "relativa fragilidad del género"17. La masculinidad o la
identidad masculina se logra mediante un proceso incesante de protección
frente a las amenazas que la acechan Es lograda precariamente mediante el
rechazo dela feminidad y de la homosexualidad. Tanto la violencia masculina
contra las mujeres, Como el tabú contra la homosexualidad masculina, pueden
ser entendidos como efectos de este frágil sentido de identidad, cuyas raíces
están en los traumas psíquicos de la infancia (durante los cuales los niños
deben romper su identificación con las mujeres a fin de convertirse en
"hombres") y también en las normas históricas que han definido la identidad
masculina, contraponiéndola al caos moral de la homosexualidad.
La cultura homosexual masculina era, al principio, una
especie de negativo de esta realidad. Se caracterizaba a menudo por una
inversión de género, un "afeminamiento" inseguro en el que las personas
homosexuales se veían a sí mismas como poseedoras de "un alma de mujer en un
cuerpo de hombre" o como "hombres afeminados". No eran "hombres de verdad",
porque en ellos había una parte demasiado grande de mujer. Al mismo tiempo, no
obstante, se reconocía el carácter contingente de esta asociación. El estilo y
el humor que caracterizaban a las primeras subculturas homosexuales "camp"
demostraban, como ha indicado Richard Dyer, "una gran sensibilidad hacia los
roles de género, en tanto que roles, y un rechazo a tomarse demasiado en serio
los asuntos de la feminidad" 18. Este estilo subcultural jugaba con las
definiciones de género tal como eran, aceptando los límites de las dicotomías
aparentemente naturales, pero al hacerlo buscaban subvertirlos y tratarlos
como inevitables, aunque ridículos.
En años más recientes, hemos asistido a un cambio drástico en
esta asociación histórica entre homosexualidad masculina y afeminamiento. Las
variantes sexuales se han definido progresivamente y se han definido menos
como desviaciones de género que como variantes en términos dela elección del
objeto. La identidad sexual, al menos en las subculturas lesbianas o gays de
Occidente, se ha liberado de la identidad de género. Ahora se puede ser gay y
"hombre de verdad", lesbiana y mujer auténtica (o incluso más). Sin embargo,
el auge del estilo "macho" entre los hombres gay durante los años setenta
puede ser también interpretado como un episodio más en la incesante "guerra de
guerrillas semiótica" librada por los marginados sexuales en contra del orden
establecido.
Como ha señalado Dyer:
"Al tomar los signos de la masculinidad y erotizarlos en un
contexto descaradamente homosexual, se ha perturbado seriamente la seguridad
con la que los "hombres" se definen en sociedad y mediante la cual afinan su
poder. Si resulta que aquel bebedor de cerveza barbudo y musculoso es maricón,
¿cómo se distinguirá a partir de ahora a los hombres "de verdad"?! "19.
Hay indicios de que el estilo "macho" en los hombres gays despierta una mayor
hostilidad que el afeminamiento en los hombres, porque atenta contra las
raíces mismas de la identidad heterosexual masculina.
Sin embargo, las identidades sexuales politizadas no son
respuestas automáticas a definiciones negativas. Para surgir, necesitan
complejas condiciones sociales y políticas a fin de producir un sentido de
experiencia de comunidad que de lugar a un proyecto colectivo. Al parecer,
para ello son necesarias cinco condiciones: numerosas personas en la misma
situación; concentración geográfica; objetivos identificables a los que
oponerse; acontecimientos o cambios repentinos en la posición social; y un
liderazgo intelectual con objetivos claros 20. Estos aspectos han
estado presentes en el surgimiento de las identidades sexuales politizadas de
mayor éxito: las identidades lesbiana y gay. La mayoría de los países europeos
experimentaron el movimiento embrionario de las subculturas que se organizaron
en torno a la actividad homosexual masculina en los primeros tiempos de la era
moderna, si no antes, pero fue en el siglo XIX cuando se dieron desarrollos
cualitativamente nuevos.
El modelo médico de la homosexualidad, tal como surgió en
Europa y Estados Unidos, a fines del siglo XIX, fue en gran parte una
respuesta al descubrimiento de grupos de "pervertidos sexuales " en las
principales ciudades. En 1861, un libro hablaba en Estados Unidos de
congregaciones de "hombres vestidos como mujeres, abandonándose a obscenidades
indeseables"; y hacia 1911, la subcomisión dela ciudad de Chicago había
descubierto "grupos enteros y hasta colonias de estos hombres". La presencia
lesbiana era menos evidente, aunque era ciertamente incipiente bajo varias
formas. En numerosas ciudades de Estados Unidos, las mujeres "excéntricas" se
mezclaban habitualmente con los hombres homosexuales. Hacia comienzos de
siglo, se había desarrollado una red compleja de grupos de personas cuya
afinidad consistía en la búsqueda común de una base sólida para una definición
segura de su autoidentificación. Hacia 1915, un observador del panorama de la
homosexualidad en la sociedad estadounidense llegó incluso a constatar la
existencia de "una comunidad claramente organizada". Entre 1850 y la década de
los treinta del presente siglo se había desarrollado en numerosas ciudades de
Estados Unidos y Europa una compleja comunidad sexual que existía más allá de
las fronteras de clase, raza, género y edad, y que proporcionaba un foco para
el desarrollo de la identidad.21
Desde la Segunda Guerra Mundial, la expansión de estas
subculturas ha sido espectacular; y algunos de los inesperados protagonistas
de este desarrollo han sido los bares gays. Para los homosexuales, según se ha
comentado, "los bares y las discotecas desempeñan el papel que en otros grupos
corresponde a la familia y la iglesia". Los bares, que han constituido una
expresión única del modo de vida homosexual, estimularon una identidad que fue
tanto pública como colectiva y se han convertido en "germen de una conciencia
colectiva que algún día florecerá como expresión política" 22. El
crecimiento de una abierta subcultura masculina gay en ciudades como San
Francisco y Nueva York en los años cincuenta y sesenta allanó el camino para
el surgimiento de un movimiento gay masivo hacia finales de los sesenta. En
contrapartida, los vínculos lesbianos, de carácter más privado, el desarrollo
más lento de una red de bares y el consciente distanciamiento político de las
propias líderes lesbianas en los años cincuenta y sesenta respecto de la
subcultura lesbiana organizada fueron factores cruciales en el desarrollo
independiente -más lento, pero distintivo- de una identidad lesbiana.
Sin contingentes numerosos y sin una concentración
geográfica, una "minoría sexual" es, como la define Schur, una "comunidad de
intereses latentes" incapaz de alcanzar su peso político potencial 23.
Como corolario, las agrupaciones eróticas que nunca podrán alcanzar un peso
social evidente, o cuyos gustos pueden aplicarse únicamente a la minoría de
una minoría -se suele pensar al respecto en sadomasoquistas, pedófilos,
travestis y prostitutas- dependen en gran medida de su asociación con grupos
sexuales relacionados. Sólo en una ciudad como San Francisco ha sido posible
el surgimiento de una subcultura de sadomasoquistas de cierta envergadura.
Resultaría inconcebible encontrar una concentración geográfica de una red tan
estigmatizada como la de los pedófilos. En general, estos grupos tienen una
constitución natural relativamente pequeña y su surgimiento político depende
de alianzas con movimientos más poderosos.
La concentración numérica y geográfica son condiciones
vitales para el crecimiento de identidades sexuales politizadas, pero éstas
sólo adquieren importancia cuando existe la conciencia de que hay una opresión
que debe ser combatida. A pesar de los tabús ya antiguos contra la
homosexualidad, las condiciones sociales han variado enormemente y muchos
homosexuales se han conformado con "aparentar una normalidad" a lo largo del
siglo. Además, es difícil crear las condiciones necesarias para movilizar a la
gente en torno a temas de índole sexual. Todos los grupos sexuales están
afectados por diferencias de clase, raza, país, edad, intelecto y gustos. El
deseo sexual es un vínculo frágil a la hora de establecer identificaciones
políticas, sobre todo teniendo en cuenta que se opone intrínsecamente al
status quo y lo desafía. No resulta sorprendente, por lo tanto, que los grupos
sexuales tiendan a menudo en política a fraccionarse y reflejar prácticas
sectarias24. Lo que sí sorprende es el hecho de que tengan éxito en un
clima social adverso. Sin embargo, las últimas décadas han sido testigo de
movilizaciones continuas y a menudo exitosas en torno a los temas sexuales.
Esto se explica principalmente porque ha habido una percepción de la opresión.
Las cazas de brujas contra los desviados sexuales en los años cincuenta y
sesenta, las purgas en las fuerzas armadas y en la administración pública, las
persecuciones policiales contra los delitos sexuales menores, las redadas
contra los bares y los juicios estigmatizantes han fracasado en su intento de
eliminar las minorías sexuales. Por el contrario, como era de esperar
históricamente, han contribuido a dar solidez a la conciencia de identidad de
los perseguidos.
Otros cambios de mayor alcance en la sociedad han estimulado
esta realidad. Se ha abierto la posibilidad de discutir sobre la sexualidad,
ha nacido una literatura de infonnación sexual, algunas iglesias han adoptado
actitudes más flexibles y los medios de comunicación han abordado los temas
sexuales de forma más liberal. Estas son las condiciones que han contribuido a
articular la identidad sexual. De manera aún más vital, han contribuido a la
creación de un nuevo cuerpo de conocimientos entre las minorías sexuales
marginadas. Resulta paradójico que la medicina sexual y la sexología hayan
contribuido a ello. Incluso fue útil la obsesiva identificación de tendencias
homosexuales entre los militares durante la guerra:
Para los soldados homosexuales, ser reclutas del ejército les
obligaba a una confrontación repentina con su sexualidad que reforzaba el
estigma que la distinguía y la convertía en un asunto de preocupación
especial25.
Aquí, la intervención de la medicina contribuyó a que la
sexualidad fuera importante para la identidad individual. El trabajo de los
sexólogos liberales tuvo un enorme impacto en círculos más amplios, desde el
relativismo de Kinsey hasta las investigaciones y revaloraciones de los
psicoanalistas como Judd Marrnor, de los psicólogos clínicos como Evelyn
Hooker o los sociólogos de la desviación, como Howard S.Becker, Edwin Schur y
Erving Goffrnan.
Las nuevas etnografías de las subculturas homosexuales
urbanas -como The Gay World (1968), de Martin Hoffman- no eran
únicamente desmitificadoras, sino que proporcionaban valoraciones y
conocimientos objetivos. y la larga tradición de discutir la homosexualidad
simplemente en términos de etiología, que subrayaba su carácter de desviación,
iba dando lugar poco a poco a la discusión de los roles y categorizaciones
homosexuales, es decir, al entendimiento de los procesos sociales en la
formación de la identidad 26. Todo esto no logró desplazar las obras de
los Bieber y los Socmde, pero, por primera vez, se empezó a poner en cuestión
su hegemonía. Contribuyeron a cambiar el clima en el que se podía discutir
sobre la homosexualidad. Pero sus efectos fueron también prácticos: alertaron
a las personas acerca de la diversidad de la sexualidad humana, informaron a
los individuos de los lugares donde podían encontrarse, llegando incluso a
intervenir ellos mismos en asuntos políticos o prácticos27.
Todos estos factores fueron terreno fértil para una
transformación de las actitudes hacia la sexualidad. Fue, no obstante, el
surgimiento en los años sesenta de una nueva generación de activistas con
conciencia política, generalmente formados en la acción directa de los
movimientos de base -ya sea en los movimientos feministas, por los derechos de
los negros o contra la guerra-, pero que tenía al mismo tiempo sus raíces en
las florecientes comunidades gay de las ciudades, lo que contribuyó al auge de
una política sexual radical. Había una larga tradición de actividad política
entre los homosexuales, en las importantes actividades de los grupos
depresión, como en la Alemania de Hirschfeld; en la actividad semiclandestina
de la Gran Bretaña de Carpenter y Ellis; en los grupos originariamente de
izquierdas, como la sociedad estadounidense Mattachine a principios de los
años cincuenta; o en la respetable política parlamentaria de los grupos de
presión, como en la Gran Bretaña de los años sesenta28, El éxito fue variable,
dependiendo de unos contextos u otros. El logro más espectacular de la nueva
generación de activistas se construyó a partir del encuentro crucial entre la
política .de la sexualidad y el peso arrollador de las incipientes subculturas
gay. La energía política, junto a la fuerza de una comunidad nueva, fueron los
elementos cruciales que configuraron las nuevas identidades sexuales de los
años setenta.
Han confluido tres elementos en la moderna conciencia gay:
una lucha por la identidad, un desarrollo de las comunidades sexuales y el
crecimiento de los movimientos políticos. Actualmente, los unos parecen
necesitar de los otros. El sentido de comunidad garantiza un sentido
equilibrado del yo, mientras que los nuevos movimientos sociales se han
convertido en expresiones del poder comunitario, en emanaciones de una
presencia social material. Estos desarrollos han cambiado la manera de vivir
la homosexualidad y plantean nuevos temas, personales y políticos. Hoy en día
no está claro qué es la homosexualidad: una orientación o una preferencia, un
rol social o un estilo de vida, una potencialidad presente en todos o una
experiencia minoritaria. Los debates sobre estos temas ofrecen perspectivas
importantes sobre los cambiantes significados de la sexualidad.
La idea de una minoría sexual
Muchos hombres abiertamente homosexuales se consideran
actualmente pertenecientes a una "minoría sexual", un término que ha sido
adoptado y utilizado más recientemente por otros grupos sexuales, como los
pedófilos y los sadomasoquistas. Como idea, tiene una fuerte resonancia. Las
"minorias" pueden reivindicar sus "derechos". Existe la tradición sagrada en
las democracias liberales de reconocer las reivindicaciones de las minorías
(aunque nunca se satisfagan), que suelen estar oprimidas y discriminadas.
Además, hay un interés velado por reconocer estos derechos, porque en cierta
medida somos todos miembros de alguna minoría."La mayoría" es una construcción
mítica, tejida de fragmentos de nuestras vidas sobre la base del mínimo común
denominador (10 que no significa que carezca de poder). Parece justo, por
tanto, que las "minorías sexuales" entren en el discurso de los derechos y
aspiren a las mismas garantías sociales, e incluso constitucionales, de las
que gozan otras minorías.
Una de las dificultades es que no todas las personas
proclives a la homosexualidad quieren identificar su condición de minoría o
incluso verse a sí mismos como homosexuales. Los sexólogos, al menos desde
Kinsey, han señalado que no existe una relación necesaria entre comportamiento
sexual e identidad sexual. Según las estadísticas más conocidas de Kinsey,
cerca de1 37% de los hombres ha tenido experiencias homosexuales hasta el
orgasmo; pero quizá menos del 4% eran estrictamente homosexuales; e incluso
entonces no expresaban necesariamente una identidad homosexual, concepto que,
en todo caso, desaprobaba Kinsey29.Encuestas más recientes sobre
hombres con tendencias homosexuales han revelado una frecuente "fuga de la
identidad"; y un número importante de encuestados -hasta una tercera parte en
algunas muestras- deseaba poder tomar una píldora mágica para dejar de ser
homosexual. Algunos prefieren poner el acento en sus vínculos "homosociales",
como miembros del mismo género, en lugar de su identidad sexual como "personas
gay". Relacionarse con otros hombres como hombre (o como mujer con otras
mujeres) es así más importante que el carácter sexual del contacto. Otros
afirman su identidad como negros, por encima de su preferencia sexual. Según
este argumento, lo que separa a un gay negro de un blanco va más allá del
color de la piel. Hay todo un mundo de disonancias culturales y
políticas30.
La identificación sexual es un fenómeno curioso. Hay personas
que se identifican como gays, participan en la comunidad gay y que, sin
embargo, no viven o no desean una actividad homosexual. Y hay homosexuales
activos que no se identifican como gays. Como ha señalado Barry Dank,"el
desarrollo de una identidad homosexual depende de los significados que el
actor atribuya a los conceptos homosexual y homosexualidad"31. A su
vez, estos procesos dependen del entorno de la persona y de la comunidad en un
sentido amplio. Muchos "se dejan llevar" hasta su identidad merced a las
circunstancias, antes que guiados por su voluntad. Algunas opciones les son
impuestas a los individuos, ya sea a través del estigma y la deshonra pública,
o bien a través de una necesidad política. Sin embargo, lo que debemos
subrayar es que la identidad es fundamentalmente una elección cuando no está
impuesta por imperativos internos.
La aceptación de una identidad concreta tampoco requiere
necesariamente la adopción de un estilo de vida concreto. La idea de que
existen "homosexualidades" en lugar de una sola "homosexualidad", está siendo
cada vez más familiar. Como han señalado Weinberg y Bell, "los adultos
homosexuales constituyen un grupo notablemente diverso"32. Los rasgos
distintivos de las comunidades gays modernas son las diferencias en los gustos
sexuales y en las conductas, en las oportunidades y en los deseos, en las
militancias políticas y en la condición económica, en las actitudes raciales y
en los orígenes, en la religión y en las tradiciones nacionales; y no, como se
cree, la uniformidad y la comunidad de ideas. Por lo tanto, ¿es correcto ver a
todas estas personas como miembros de una sola "minoría sexual"?
La historia de esta idea ilustra su ambigüedad. Estaba
implícita en los primeros argumentos en favor de los homosexuales a comienzos
de este siglo, en la idea de que los homosexuales constituían un "tercer
sexo". Los escritos de Edward Carpenter en Gran Bretaña y de Hirschfeld en
Alemania se centraban en esta noción, esencialmente como llamamientos a la
"justicia" para proteger a este "sexo minoritario". La idea de que los
homosexuales constituyen una minoría estable de la población es una variante
de la mayoría de las discusiones sobre la homosexualidad a partir de entonces.
Sin embargo, fue a través del movimiento homófilo de la posguerra en Estados
Unidos como que se reconoció su importancia política. La Sociedad Mattachine,
inicialmente fundada en 1951 para luchar por los derechos de los homosexuales,
reflejó la naturaleza de sus orígenes (la experiencia izquierdista de sus
miembros fundadores) al desarrollar un análisis de los homosexuales como
minoría cultural oprimida, pero aún sin consciencia de sí misma. El objetivo
de la sociedad era, por lo tanto, despertar las conciencias y reafirmar la
importancia de que identificarse como homosexual era un modo de
autoliberación. La propuesta inicial de la sociedad, redactada en noviembre de
1950 por Harry Hay, declaró su "objetivo heroico de liberar una de nuestras
minorías más grandes de la...persecución social"33. En esto fue
fundamental la idea de que los homosexuales tenían una causa común con otras
minorías en la lucha contra la opresión. Como señaló Donald Webster Cory en su
influyente The Homosexual in America, el homosexual "se parecía en diversos
aspectos a otros grupos nacionales, religiosos y étnicos"34. Esto
suponía un programa radical de luchas progresistas, y como tal, encontró una
hostil oposición entre los elementos más conservadores de la Sociepad
Mattachine, que hacia 1953 constituían la corriente dominante. La idea deque
los homosexuales constituyen una minoría distintiva venía a socavar su ética
integracionista; y el objetivo de la Sociedad, que había partido de la
movilización de un contingente de homosexuales, se transformó en un
llamamiento para conseguir la ayuda de aquellos que ocupaban una posición de
poder. No fue un llamamiento particularmente exitoso.
En los inicios del movimiento gay de la posguerra, por tanto,
la idea de pertenecer a una condición minoritaria era radical, puesto que se
centraba en la autoactividad, la autoconcienciación y las alianzas políticas.
La idea pretendía ser un llamamiento a la movilización, centrándose sobre todo
en lo que tenían en común los homosexuales, más que en lo que les separaba.
Pero, cuando finalmente surgió el deseado movimiento gay
masivo de finales de los años sesenta, la idea de una minoría gay tuvo un
destino diferente. La principal intención radical del movimiento de liberación
gay en los primeros tiempos era alterar las ideas preestablecidas de que la
homosexualidad era una condición peculiar o una experiencia minoritaria.
Inspirándose en la celebración de una sexualidad perversa poliforma de la obra
de Marcuse y de los freudianos radicales, se percibía la homosexualidad como
una potencialidad presente en todos. Los primeros teóricos de la liberación
gay aspiraban al "fin del homosexual", al derrumbamiento de las divisiones
socialmente construidas entre los sujetos sexuales35. Se postuló una
separación radical entre la homosexualidad -que tenía que ver con la
preferencia sexual- y la condición de gay, -que suponía un estilo de vida
políticamente subversivo-. La historia jugaba aquí una hábil treta, porque
eran los elementos menos radicales de la liberación gay quienes adoptaban la
idea de minoría gay. La condición gay de perversidad polimorfa aspiraba a
eliminar los roles, identidades e ideas preestablecidas. Pero los nuevos
portavoces, actuando abiertamente en nombre de la "minoría gay", defendían los
"derechos", las reivindicaciones legítimas de un espacio que ahora se
comparaba casi a una identidad "étnica"; y se convirtieron en los nuevos
integracionistas. La consolidación de una condición de minoría tiene sus
ventajas evidentes. Encaja fácilmente en el discurso conocido de las
sociedades pluralistas liberales. Confiere legitimidad a las reivindicaciones
de la minoría oprimida y puede actuar como estímulo para llevar a cabo
reformas legales y de otro tipo. Es también, como vieron los fundadores ex
comunistas de Mattachine, una idea movilizadora: puede que sea un mito, pero
es poderosa y creíble.
Se ha convertido, sin duda, en algo más que una idea. En la
creación de las comunidades urbanas en las ciudades de Occidente, los gays se
han convertido en una fuerza minoritaria efectiva, con una cultura compleja,
con una política variada y con recursos materiales. Las personas gay han
invertido mucho al revelarse como homosexuales, arriesgando con frecuencia
carreras, amistades y lazos familiares. También han ganado considerablemente
con su apertura, su actividad política y su trabajo de construcción de una
cultura: han consolidado su identidad personal y social. En estas
circunstancias, enfrentarse al carácter estable y permanente dela identidad
gay ya la idea de una minoría gay parece una cortapisa fundamental a todo lo
conseguido.
Sin embargo, existen ciertos inconvenientes. Algunos autores
han señalado la paradoja según la cual los activistas gays comenzaron por
cuestionar la naturalidad e inevitabilidad de las identidades y roles
adquiridos, pero ellos mismos se han convertido en definidores claves de un
rol homosexual; y de ahí su propia fuente de regulación:
Los "homosexuales" eran antes controlados y definidos por los "expertos";
ahora ya no es necesario que lo hagan estos expertos, porque el homosexual o
las lesbianas han asumido por sí mismos ese rol36.
El resultado podría ser un nuevo tipo de conservadurismo
sexual, en el que se arriesga poco porque hay demasiado en juego, Es más, se
ha abandonado entretanto, la tarea de cuestionar las definiciones hegemónicas
de la normalidad sexual: por definición, las minorías sexuales no pueden
convertirse nunca en mayorías, La aceptación de la homosexualidad como
experiencia minoritaria enfatiza deliberadamente la "guetificación" de la
experiencia homosexual y no cuestiona, por su propia naturaleza, la
inevitabilidad de la heterosexualidad. El énfasis puesto en la condición
minoritaria puede ser una fase necesaria de la movilización gay, pero resulta
improbable que sea su factor concluyente.
Los debates teóricos y políticos en las comunidades gays han
reflejado estas tensiones. Por una parte, los partidarios de la idea de que
los gays constituyen una minoría establecida han realizado la notable hazaña
de desenterrar la noción de una orientación sexual preestablecida,
frecuentemente ayudados por los encantos intoxicantes de la sociobiología.
Whitham, un destacado defensor de la idea de una orientación fijada, ha
cuestionado apasionadamente la idea de que existe un "rol homosexual"
construido. Ve la homosexualidad como una "manifestación no dominante y
universal dela sexualidad humana". Comparando tres sociedades diferentes
(Estados Unidos, Guatemala y Brasil) Whitham descubrió que, en al menos seis
indicadores (como disfrazarse y jugar con muñecas de niño), los homosexuales
diferían delos heterosexuales en las tres culturas37. Para apoyar esta
idea hay sin duda indicios de frecuentes sentimientos homosexuales en los
niños durante los primeros años, pero insuficientes para establecer claramente
una homosexualidad exclusiva en la adolescencia. La importancia de la
existencia de un sentido profundo de preferencia sexual en muchos individuos
no puede ser negada fácilmente38.
Por otro lado, también hay abundantes indicios que sostienen
la idea de que "la homosexualidad es una experiencia compleja, ambigua, que le
puede ocurrir a cualquiera". Tanto la tradición freudiana, como la obra de
Kinsey y sus seguidores, tienden a apoyar esta idea. Para los freudianos más
radicales, la elección especializada del objeto es algo que siempre se logra o
se impone de forma sutil; y no es algo innato. Para los estudios sociosexuales
que inspiró la obra de Kinsey, la homosexualidad exclusiva es sólo un extremo
del continuo de la sexualidad, cuya organización es social y no esencial. La
propia escala de siete puntos elaborada por Kinsey, que va desde la minoría de
personas exclusivamente heterosexuales en un extremo, hasta el extremo Opuesto
de la homosexualidad exclusiva, demostraba claramente esta conclusión, aun
cuando intentó subdividir esta escala en bloques delimitados con precisión
(que algunos de sus sucesores han intentado reificar como categorías
científicas)39.
La visión esencialista se presta más efectivamente a la
defensa de una condición minoritaria, a la consolidación de conquistas
recientes y al reforzamiento -e incluso auge- de la comunidad gay. El enfoque
constructivista más extremo, al romper con las normas de la ortodoxia
sexual40, tiende a rechazar el valor de una identidad estable y
deleitarse con los efectos subversivos de un estilo de vida alternativo y de
una pluralidad en las prácticas sexuales La paradoja es que, en la práctica,
ambas posiciones son deudoras del crecimiento de la subcultura y el
reforzamiento de un sentido de sí mismo en años recientes. Sin el auge
históricamente condicionado de las nuevas comunidades gays y del "homosexual
moderno", el debate acerca de las virtudes de una orientación o preferencia
homosexual sería irrelevante. Y, sin el nuevo sentido de comunidad y de
identidad, apenas sería posible gozar de los placeres de la "polisexualidad".
Los "delincuentes sexuales" de antaño han construido un nuevo
estilo de vida o, mejor dicho, estilos de vida que han reorientado las
expectativas de la sexología. Han cuestionado las categorizaciones de los
textos heredados y se han convertido en sujetos pensantes, actuantes y
vivientes del proceso histórico. El resultado es que las identidades gays
modernas, ya sea debido a la superación de características internas senciales
(que, en mi opinión, no es el caso) o debido acomplejas transformaciones
sociohistóricas (lo que, en mi opinión, es más probable) constituyen
actualmente identidades tanto políticas, como personales o sociales. Son
pruebas de las divisiones existentes entre las conductas permisibles y las
consideradas como tabús, y proponen su modificación. Estas nuevas
subjetividades políticas representan, sobre todo, una afirmación de la
homosexualidad, dado que con su existencia conllevan la validez de una
sexualidad concreta. Éste es seguramente el único significado posible de la
idea originaria de la liberación gay de "revelarse" como homosexual,
declarando la propia homosexualidad como manera de hacerla válida en una
sociedad hostil. Los argumentos según los cuales esto sólo confirma la
existencia de categorías previas son desacertados41. El significado de
estas definiciones negativas es transformado por las nuevas definiciones
positivas. El resultado es que la homosexualidad tiene un significado por
encima de la experiencia de una minoría. Por su propia existencia, la nueva
conciencia gay pone en tela de juicio las representaciones opresivas de la
homosexualidad y pone de relieve las posibilidades que todos tienen de vivir
la sexualidad de modos distintos. Este es el cuestionamiento al que conduce la
identidad gay moderna. Subvierte el absolutismo de la tradición sexual.
Notas
1 Dennis Altman, The Homosexualization of America, pp. 73-74.
2 Pat Califia, Sapphistry. The Book of Lesbian Sexuality, Nueva York, The
Naiad Press, 1980,p.165.
3 Lisa Steele, "Freedom, Sex and Power": entrevista con Charlotte Bunch,
Fuse, enero/febrero, 1983, p. 233.
4 Pal Califia, "Gay Men, Lesbians and Sex. Doing II Together", The
Advocate, 7 de julio de1983, pp. 26-7.
5 Gayle Rubin, "The Leather Menace" en Samois (comp.), Coming to Power,
Writings and Graphics on Lesbian S/M, Berkeley, CA., Samois, 1981, p. 195.
6 Sobre el surgimiento del travestismo y el transexualismo como categorías
políticas, ver Dave King, "Gender Confusions: psychological and psychiatric
conceptions of transvestism and transexualism" en Plummer (comp.), The Making
of the Modern Homosexual, and Janice C. Raymond, The Transsexual Empire,
Boston ; Beacon Press, 1979; sobre la pedofilia, ver Daniel Tsang (comp.), The
Age Tabú: Gay Male Sexuality, Power and Consent, Boston, Alyson Publications,
1981, y Ken Plummer, "'The paedophiles' progress: a view from below", en Brian
Taylor (comp.), Perspectives on Paedophilia, Londres, Batsford, 1981; sobre el
sadomasoquismo, ver Samois (comp.), Coming to Power, y sobre los bisexuales,
ver la obra Philip W. Blumstein y Pepper Schwartz, especialmente
"Lesbianismand Bisexuality", en Erich Goode y Richard R. Troiden, Sexual
Deviance and Sexual Deviants, Nueva York, William Morrow, 1974; "Bisexuality
in Women", Archives of Sexual Behaviour, No 5, marzo 1976, pp. 171-81; y
"Bisexuality in Men" en C. Warren (comp.), Sexuality: Encounters, ldentities
and Relationships, Nueva York, Sage Contemporary Science Issues, No 35, 1977.
7 Para una notable reseña impresionista del panorama de los hombres gays en
Estados Unidos a fmales de la década de los setenta, ver Edmund White, States
of Desire. Travels in Gay America, Nueva York, E.P. Dutton, 1980.
8 D'Emilio, Sexual Politics, Sexual Communities, p. 248.
9 Michel Foucault (comp.), Herculine Barbin: Being the Recently Discovered
Memoirs of a Nineteenth-Century French Hermaphrodite, Nueva York, Pantheon,
1980, pp. XIII, V m(Edición española: Herculine Barbin, Llamada Alexina B.
Michel Foucault y A. Serrano.Editorial Revolución, Madrid, 1985).
10 Barry D. Adam, The Survival of Domination. inferiorization and Everyday
Life, NuevaYork, EIsvier, 1978, p.12.
11 Erik H. Erikson, ldentity, Youth and Crisis, Londres, Fuser, 1968. Ver
los comentarios de Richard Sennett, The Uses of Disorder. Personal identity
and City Life, Nueva York, Alfred A. Knopf, 1970.
12 Dennis H. Wrong, "Identity-Problem and Catchword", en Sceptical
Sociology, Nueva York,Columbia University Press, 1976, p. 81.
13 Stan Cohen y Laurie Taylor, Escape Attempts, p. 27. Para un análisis de
la relación de estapolémica de fondo con las identidades sexuales modernas,
ver Altman, The Homosexualization of America, pp. 93 y ss., Plummer (comp.),
The Making, Adam, The Survival of Domination, y Laud Humphreys, "Exodus and
Identity: The Emerging Gay Culture", en Martin P. Levine (comp.), Gay Men. The
Sociology of Male Homosexuality, Nueva York,Harper & Row, 1979.
14 Jonathan Ned Katz, Gay/Lesbian Almanac, p. 406.
15 Plummer, op.cit., p. 29. Ver también Humphreys, op.cit., p. 145, Adam,
pp. 60-1 y Martins. Weinberg y Colin I. Williams, Mole Homosexuals, their
Problems and Adaptations,Nueva York. Oxford University Press, 1974, para una
documentación acerca de la relaciónentre un seguro sentido de sí mismo y el
alivio de la culpa, la ansiedad y la vergüenza.
16 Ethel Spector Person, "Sexuality as The Mainstay of ldentity:
Psychoanalytic Perspectives", Signs, vol. 5, No 4, 1980, p. 629. A pesar de
sus deficiencias metodológicas, hay una útil documentación sobre las
inseguridades masculinas en Shere Bite, The Hite Report on Male Sexuality,
Nueva York, Alfred A, Knopf, 1981. Para interesantes conjeturas en tomo a la
historia de la masculinidad, ver Andrew Tolson, The Limits of Masculinity,
Londres, Tavistock, 1977; Paul Hoch, White Hero, Black Beast. Racism, Sexism
and the Mask of Masculinity, Londres, Pluto Press, 1979; peter N. Stearns, Be
a Man! Males in Modern Society, Nueva York, Holmes & Meier, 1979; David
Fernbach, The Spiral Path. A Gay Contribution to Human Survival, Londres, Gay
Men's Press, 1981; Emmanue1 Reynaud, Holy Virility. The Social Construction of
Masculinity, Londres, P1uto Press, 1983. Para algunas reflexiones sobre la
historia de la heterosexualidad, ver Jonathan Katz, "The invention of
heterosexuality , 1892-1982" en suplemento II de las actas de la conferencia "
Among Men, Among Women", University of Amsterdam, 1983.
17 Spector Person, op. cit., p. 629. Ver también Eric Carlton,
Sexual
Anxiety: A Study of Male lmpotence, Oxford, Martín Robertson, 1980.
18 Richard Dyer,. "Getting over the Rainbow: ldentity and Pleasure in Gay
Cultural Politics", en George Bridges y Rosalind Brunt (comp.), Silver
Linings: Some Strategies for the Eighties, Londres, Lawrence & Wishart,
1981, p. 61. La declaración clásica sobre el "camp" fue de Susan Sontag,
"Notes on Camp", en Contra la interpretación, Nueva York... Para una crítica
(y también implícitamente de la posición de Dyer), ver Andrew Britton, "Por
Interpretation: Notes Against Camp", en Gay Left, No 7, invierno 1978-9, pp.
11-14. Sobre el uso de un estilo afeminado entre los hombres gays de los años
sesenta, ver Gagnon y Simon, Sexual Conduct, p. 147. En relación con el
lesbianismo, ver Kinsey et al., Sexual Behavior in the Human Female, p. 486,
nota 38, que cita numerosas referencias de la "opinión no apoyada por las
estadísticas, según la cual las mujeres con una historia homosexual exhiben
con frecuencia y regularmente características físicas, comportamientos o
gustos masculinos".
19 Dyer, op. cit. p. 61. Sobre el fenómeno generalizado del estilo "macho"
de los gays, ver los artículos de John Marshall y de Gregg Blatchford, en
Plummer (comp.), The Making, y Altman, The Homosexualization of America, pp.
13-15, 34. La frase "guerra de guerrillas" es utilizada por Oick Hebdige,
Subcultures: The Meaning of Style, Londres, Tavistock,1979. Ver también M. O.
Storrns, "Attitudes toward Homosexuality and Feminity in Men", Journal of
Homosexuality, vol. 3, No. 3, primavera 1979.
20 Adam, The Survival of domination, p. 123.
21 Las referencias son de Katz, Gay/Lesbian Almanac, pp.147, 324. Para
desarrollos análogos y una discusión sobre temas más amplios referidos a las
subculturas, ver la ponencia de George Chauncey en la compilación de
conferencias Among Men, Among Women, 1983: "Fairies, Pogues and Christian
Brothers: The Newport (Rhode Island) Homosexuality Scandal, 1919-1920". Sobre
el desarrollo en Gran Bretaña, ver Weeks, Coming Out, cap. 3. Para una
discusión más general sobre la importancia de la urbanización en la generación
de comunidades gays, ver Joseph Harvey y William B. De Vall, The Social
Organisation of Gay Males, Nueva York, Praeger, 1978, cap. 8; y sobre la
organización subcultural, ver Plummer, Sexual Stigma, cap. 8.
22 Alunan, The Homosexualization. p. 21; D'Emilio, op.cit., p. 33.
23 Faiwin Schur, The Politics of Deviance. p. 191.
24 Sobre este tema ver la discussion en John Marshall, cap. 6, "The Poli""
of Tea and Sympathy" en Gay Left Collective (comp.), Homosexuality: Power and
Politics.
25 D'Emilio, op.cit., p. 25. Ver la totalidad de la obra de D'Emilio para
apreciar el cambio más amplio de la posguerra.
26 Judd Marmor (comp.), Sexual lnversion: The Multiple Roots of
Homosexuality, Nueva York, Basic books. 1965; Evelyn Hooker, "The Adjustment
of the Male Overt Homosexual", Journal of Protective Techniques, N" 21, 1957,
pp. 18-31; "The Homosexual Comunity" en I. H. Gagnon y W.Simon, Sexual
Deviance, Nueva York,Harper & Row, 1967, y "Final Report of the Task Force
on Homosexuality", Homophile Studies, N" 8, 1969, pp. 5-12; Howard S. Becker,
Outsiders: Studies in the Sociology of Deviance, Nueva York, Free Press, 1963;
Edwin M. Schur, Crimes Without Victims: Deviant Behavior and Public Policy,
Englewood Cliffs, N.J., Prentice-Hall, 1965; Erving Goffman, Stigma: Notes on
the Management of Spoiled ldentity, Englewood Cliffs, N. J., Prentice-Hall,
1963. Para el desarrollo en Gran Bretaña durante el mismo período, ver Michael
Scofield, Sociological Aspects of Homosexuality, Londres, Longman, 1965. Ver
también, Martin Hoffman, The Gay World; Male Homosexualily and the Creation of
Evil, Nueva York, Basic Books, 1968. Para una visión general de la perspectiva
etiológica, ver Bell y Weinberg, Homosexualities, pp. 195-96. W. Simon y J. H.
Simon criticó la perspectica etiológica en 1967, tratándola de "simplista y
homogénea": "Homosexuality: The Formulation of a Sociological Perspective",
Journal of Health and Social Behavior, NO 8, 1967, pp. 177-85; ver también
Gagnon y Simon, Sexual Conduct, cap. 5; David Sonnenscheim abogó por una nueva
perspectiva sociológica en "The Ethnography of Male Homosexual Relations",
Journal of Sex Research, vol. 4, N" 2, mayo 1968, pp. 69-83.
27 En sus investigaciones sobre la subcultura gay sadomasoquista, Gayle
Rubin descubrió que Kinsey tuvo una influencia organizativa directa; hizo que
sus entrevistados sadomasoquistas se conocieran con el fin de estimular la
formación de redes (comunicación privada).
28 Ver Weeks, Coming Out, y D'Emilio, op.cit.
29 Kinsey et al., Sexual Behavior in the Human Female, pp. 474-5. resume
así su conclusión estadística: un 37% de hombres gozaba de contactos
homosexuales hasta el orgasmo, comparado con e113% de las mujeres; ver
también, Sexual Behavior in the Human Male, pp. 657-7 y p. 617 a propósito de
su rechazo del concepto de personas bisexuales u homosexuales.
30 Para un resumen estadístico, ver Adarn, The Survival of Domination, p.
92. Encuestas más recientes señalan una descenso sustancial en esta huida;
Spada descubrió que el 85% de los miembros de su muestra declaró que prefería
no ser normales: y el 80% se sentía cómodo con la vida que llevaba: James
Spada, The Spada Report. The Newest Survey of Gay Male Sexuality, Nueva York,
New American Library/Signet, 1979, pp. 297, 310. Sobre el denominado "rechazo
preferencial", ver también William Masters and Virginia Johnson, Homosexuality
in Perspective. Sobre las relaciones "homosociales", ver Universitate van
Amsterdam, Among Men, Among Women: Sociological and historical recognition of
homosocial arrangements, Actas de la Conferencia, 1983.
31 Barry M. Dank, "Coming Out in me Gay World", en Leven (comp)., Gay Men,
p. 130. Ver Plummer, Sexual Stigma, cap. 7; sobre el hecho de "dejarse llevar"
hacia la identidad, Plummer (comp)., The Making of the Modern Homosexual,
caps. 1 y 3, y John Hart y Diane Richardson, The Theory and Practice of
Homosexuality, Londres, Routledge & Kegan Paul,1981, caps. 3-5. Para un
breve estudio sobre el hecho de "dejarse llevar" hacia otra identidad sexual
"desviada", la de las prostitutas, ver Nanette J. Davis, "Prostitution;
Identity, Careerand Legal-Economic Enterprise", en Henslin y Sagarin (comp.),
The Sociology of Sex.
32 Bell y Weinberg, Homosexualities, p. 217; ver también, The Spada Report
y White, States of Desire.
33 D'Emilio,op.cit,p. 9.
34 Donald Websler Cory, The Homosexual in America, Nueva York, Peler
Nevill, 1951, p. 14. El título del capítulo en el que aparece este lema es "La
minoría no reconocida". "Cory" era el seudónimo del sociólogo-sexólogo Edward
Sagarin. Más tarde, rechazaría explícitamente sus anteriores posiciones
políticas, así como sus ideas sobre una minoría homosexual: ver su Deviants
and Deviance, Nueva York, Praeger, 1975, pp. 144-54. Ver también, E.
Sagarin(comp.), The Other Minorities: Non-Ethnic Collectivities Conceptualized
as Minority Groups, Mass, Waltham, 1971.
35 Altman, Homosexual: Oppression and liberation. Ver también Simon Watney,
"The IdeoIogy of GLF', en Gay Left Collective (comp.), Homosexuality, Power
and Politics.
36 Kenneth Plummer, cap. 3, en Plummer (comp), The Making, p. 55.
37 F. Whitham, "The prehomosexual male child in three societies: the United
States, Guatemala, Brazil", Archives of sexual Behavior, vol. 9, N" 2, pp.
87-99; ver también Whitham, "The homosexual role: a reconsideration", Journal
of Sex Research, vol. 13, pp.I-II, y números subsiguientes para el debate
sobre este tema.
38 Kinsey et al., Sexual Behavior in the Human Male, p. 168, encontró que
la edad media para la primera manifestación homosexual a los nueve años y dos
meses y medio. El 21% de la muestra de Spada (The Spada Report, p. 30) tuvo su
primera experiencia homosexual antes delos nueve años. Bell, Weinberg, Kiefer,
Hammersmith, Sexual Preference, p. 211, descubrieron que la homosexualidad
exclusiva se fijaba antes del final de la adolescencia. Nada de esto, no
obstante, invalida el hecho de que los sentimientos, necesidades y deseos, y
las experiencias sean distintas de la identidad. Ver la crítica del modelo de
la orientación en Plummer,op. cit., pp. 69-72.
39 Ver Guy Hocquenghen, Homosexual Desire; Kinsey et 01., Sexual Behavior
in the Human Male, para una reificación de la escala, ver Masters y Johnson,
Perspectives on Homosexuality. Para el debate sobre el concepto de Mary
McIntosh de un "rol homosexual" históricamente construido, inspirado en el
continuo de Kinsey, ver Plummer (comp.), The Making,passim.
40 Ver Polysexuality: Semiotext(e), vol. IV, No. I, 1981.
41 Para una visión escéptica de "revelarse" como homosexual, basada en una
lectura bastante académica de Foucault, ver Jeff Minson, "The Assertion of
Homosexuality", en M/F No. 5-6,1981, pp. 19-40.
Bibliografia.
Weeks, Jeffrey, "'Movimientos de afirmación': la
política de la
identidad", en El malestar de la sexualidad, Significados, mitos y
sexualidades modernas, Madrid, Talasa Ediciones, 1993, pp. 293-320. 
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