570 - 485  A. C.

Anacreonte y la poesía sensual

Articulo de DOKELARZ

   I


Toda la poesía griega es canción, toda ella tiene en su origen acompañamiento musical; los dos poemas de Homero no eran sino cantos de glorias; Las elegías de Teognis se cantaban en los banquetes, como los escolios. 

El primer poeta cantor de importancia que se menciona es Terprando, que ganó muchos premios musicales en Delfos y fu‚ vencedor de las Fiestas Carneas de Esparta. Ahora, por lo general, estos vencedores de los primeros tiempos eran míticos. Los griegos fueron los primeros en denominar "estilo" las diferentes formas de afrontar el arte, el carácter de la obra, y los dividieron es frigio, jónico, dórico, hipodórico, hipofrigio, lesbio, etc. 

Sobre las características de cada uno de ellos hay gran variedad de opiniones y algunas contradictorias, lo que hace prácticamente imposible una definición certera al respecto.

También clasificaron los instrumentos en un sentido moral según la tradición socrática. De esta forma, la Cítara y los instrumentos de cuerda eran "morales" pues permitían al hombre libre seguir siendo dueño de sí. Por el contrario los instrumentos "aulos", como la flauta, el clarinete, el caramillo, etc., volvían al hombre frenético, lo ponían fuera de sí y era propio de bribones. Ni que decir que estos eran los instrumentos favoritos de los espartanos. 

Notable era también la participación de la mujer en el canto poético. La cantidad de poetisas que hallamos en el siglo VII a. C. es contundente: Corina y Mirtis en Beocia, Telesila en Argos, Praxila en Sicione, Erina y Safo en Lesbos, etc. Todas ellas señalan una realidad indiscutible y es que la mujer, cuando es sutil y sensual, logra una profundidad y pureza insuperable. 

Aclaremos, finalmente, algunas confusiones bastante comunes: el ditirambo se considera siempre como un canto en sí mismo como lo expresara Aristóteles, lo que es incorrecto, pues es principalmente un himno a Dionisos, como el pean lo es a Apolo y el idemo un canto de enfermedad y muerte, tal como el treno y el episodio. Por otra parte, la tragedia nada tuvo que ver en su origen con lo que hoy entendemos por ella, pues este género deriva directamente del ditirambo, canto de carácter sensual -en algunos casos lascivo- en el que participaban sátiros, mitad hombre y mitad macho cabrío, seguidores de Pan. La sensualidad y la violencia -sea épica o lírica- está  siempre presente en la poesía griega. Sin embargo, en algunos casos la sensualidad escapa de la violencia y nos enfrentamos a un erotismo pleno de sensibilidad, de suavidades extrañas a un mundo del cual tenemos la idea de ser tremendamente bárbaro. 

¿Cómo comprender la delicadeza de Safo en un pasado cruel y despiadado? Quizás solo por la ley de los contrastes. Pero sin duda que aquellos cantos de amor carnal no tienen gota de barbarie, sino que son un verdadero llamado al placer natural en su plenitud amorosa. Un modelo esencial es Anacreonte.

II

Poco se sabe de su vida. Se le cree nacido en Teos, ciudad de la Jonia, por el 560 a. C. Estuvo la mayor parte de su vida al servicio de Polícrates, tirano de Samos, amante de las artes. A pesar de haber compuesto gran cantidad de himnos, odas y epígrafes, hasta nosotros ha llegado solo un puñado de trozos dispersos que no hacen sino abrir el apetito, pero jamás saciar el hambre. 

Se le han atribuido obras que por su carácter -algunas de tipo bélico- resultan extrañas a su estilo y forma de pensar, como lo veremos luego. De todos modos lo que poseemos nos permite reconocer su sensibilidad, elegancia, precisión en la idea, suave emoción, sobriedad y delicadeza para mencionar aún aquello que podría resultar chocante. Conocedor de la vida y del hombre no rehuye la naturaleza, sino por el contrario la exalta como una virtud, la propala con alegría, con la alegría de quién no tiene malicia en el corazón. 

Esta sutileza y elegancia -propia de la escuela eólica de la cual es principal exponente- sirvieron de modelo a Safo y Erina posteriormente, para confeccionar sus incontables obras. Anacreonte, luego de perder a su protector Polícrates derrotado por el sátrapa de Lidia, aceptó la hospitalidad de Hiparco, otro mecenas de entonces. Finalmente volvió a su ciudad natal donde falleció de avanzada edad.

III


Tenemos de Anacreonte 61 pequeñas obras, 18 fragmentos de otras obras y una docena de breves epigramas. En ellos hay dos ideas que se repiten: la paz y el amor. Aborrece la violencia, la masacre, al punto de exclamar:

"Dadme la lira de Homero pero sin sus cuerdas teñidas de sangre." Pide luego a Vulcano le cincele una plata pero no para armadura, "... sino una copa hueca tan profunda como sea posible..." La decoración de la copa es clara; solo vides, prensas de vendimia, sátiros, etc. Al soldado dice: "Mejor quedar tendido en el suelo dominado por la borrachera que no por la muerte." Solo cree en la diversión, el disfrute. Pero no es un vulgar hedonista, pues éste va cada vez depravando m s su condición en la búsqueda del placer mórbido; Anacreonte se deleita con un poco de vino y una muchacha hermosa, ese es su simple placer. No le atrae el poder que crea enemigos ni el dinero que atrae envidiosos. Lo único que desea es vagar por lo campos, caminar bajo las vides, "... llevando abrazada por la cintura a una graciosa jovencita encendida en los ardores de Venus!" Entonces le increpan la edad, el que está  cano. Reclama con ternura que: "... los placeres convienen tanto m s al anciano cuanto que se encuentra m s cerca del término fatal." "No huyas de mi al ver mi pelo cano y porque te hallas en la plena flor de tu juventud no rechaces mi amor. Mira como en una corona de lirios las rosas se adaptan perfectamente." Entre la búsqueda del placer, la huida de la violencia, la vejez le persigue, le atenaza, le atormenta. "Ojalá me muriera! No veo ningún otro medio de librarme de los males que sufro." Pero recupera ánimos y grita: "Traédme agua y vino, esclavo! Tráenos también coronas florecidas. Voy a luchar contra el amor..." Toda su obra trasunta esa sensualidad natural como debió haberlo conocido el hombre de los tiempos ignotos, cuando aún no existía el pecado, el remordimiento y todas aquellas fórmulas inventadas por los hombres para torturar las conciencias. Hay una luz espiritual en cada uno de sus deseos carnales quizás porque se atisba esa ingenuidad propia del alma del niño carente de malicia. Muchos han visto en los poetas griegos, en aquellos trozos de cruda descripción carnal, vulgar lascivia y depravación y algunos eruditos literarios han manchado su honra intelectual al poner, por ejemplo, bajo los títulos de los idilios XII y XXVII de Teócrito:

"No se ha traducido por su realismo" Extraña cosa es esta realidad que no se permite conocer. ¿Vale m s la mentira? Han causado con esta actitud grave daño a la historia, a la literatura y a la sanidad espiritual. Al leer aquellos idilios descubre uno que nada dicen que ya no se sepa, con una virtud: se dice con arte, con gracia, con sutileza o con cruda armonía. No me cabe duda que si Anacreonte no hubiera sido tan ajeno a la descripción explícita, no solo el tiempo habría mutilado su obra.


IV


Sin duda sobre el amor se ha cantado de todo, agotando los temas, por lo que solo queda repetir. Allí Anacreonte es un maestro indiscutido.

"Yo querría convertirme en espejo, para que tu me miraras siempre; quisiera ser túnica para que me llevaras puesto siempre; yo quisiera ser, amiga mía el agua con que bañas tu cuerpo, la esencia con que te perfumas, la bandeleta que sostiene tus pechos, la perla que adorna tu cuello; y hasta quisiera ser sandalia porque as¡, por lo menos, podría vivir a tus pies."

Es la sencillez con que dice todo, sin palabras ni estructuras rebuscadas, lo que le da aquella frescura incomparable que después de más de 2500 años le hace parecer recién escrita. La descripción que hace de una pintura de Cipris es otro ejemplo:

"Flota como un alga blanca, sus manos de pálidos reflejos hienden las olas que sostienen su cuerpo y la impulsan hacia adelante. Encima de sus pechos rosados, encima de su cuello delicado, el agua profunda viene a chocar con su garganta; y en la transparencia azulada del mar apacible Cipris aparece, semejante a un lirio rodeado de violetas."

Pero tiene también un límite en su sensualidad; es necesario no dejarse arrastrar por la presión abrumadora, debe dominarse el deseo para as¡ poder hacerlo ciervo y no ser uno su esclavo. Por lo demás, los viejos deben disfrutar observando a los jóvenes en su deleite maravilloso y natural. Entonces dice a sus iguales:

"Imita a Anacreonte el cantar armonioso. Vacía en honor de los jóvenes la amable copa que inspira la elocuencia; busquemos en el dulce néctar un consuelo que nos permita huir de los ardores del amor.

Agradecemos al autor su autorización para mostrar este interesante trabajo, que sin duda enriquece la visión del amigo navegante acerca del poeta Anacreonte.

 DOKELARZ es historiador, profesor de literatura, historia del arte, e historia universal. Su buzón, por si deseas transmitirle algún comentario es: escritor@terra.cl

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