1898  -  1984

 

POEMAS COMENTADOS

 

 

 

UNIDAD EN ELLA

Cuerpo feliz que fluye entre mis manos,
rostro amado donde contemplo el mundo,
donde graciosos pájaros se copian fugitivos,
volando a la región donde nada se olvida.

Tu forma externa, diamante o rubí duro,
brillo de un sol que entre mis manos deslumbra,
cráter que me convoca con su música íntima,
con esa indescifrable llamada de tus dientes.

Muero porque me arrojo, porque quiero morir,
porque quiero vivir en el fuego, porque este aire de fuera
no es mío, sino el caliente aliento
que si me acerco quema y dora mis labios desde un fondo.

Deja, deja que mire, teñido del amor,
enrojecido el rostro por tu purpúrea vida,
deja que mire el hondo clamor de tus entrañas
donde muero y renuncio a vivir para siempre.

Quiero amor o la muerte, quiero morir del todo,
quiero ser tú, tu sangre, esa lava rugiente
que regando encerrada bellos miembros extremos
siente así los hermosos límites de la vida.

Este beso en tus labios como una lenta espina,
como un mar que voló hecho un espejo,
como el brillo de un ala,
es todavía unas manos, un repasar de tu crujiente pelo,
un crepitar de la luz vengadora,
luz o espada mortal que sobre mi cuello amenaza,
pero que nunca podrá destruir la unidad de este mundo.

El poema "Unidad en ella" responde a la concepción que Aleixandre tiene del amor y la muerte confundidos en una total y luminosa afirmación del ser. A través de sorprendentes imágenes de clara ascendencia surrealista, el poeta identifica a la persona amada con el universo, de forma tal que amar es diluirse en la Naturaleza. El cuerpo femenino, en su forma externa, es "diamante o rubí duro, / brillo de un sol que entre mis manos deslumbra, / cráter que me convoca con su música íntima," (versos 5-7); y en ese cuerpo femenino quiere morir el poeta para sentir, precisamente, la vida. Convertida la amada en un cráter -verso 5-, el poeta la imagina como un volcán en erupción, en cuya lava -la sangre de ella- quisiera integrarse y alcanzar así su anhelo de fusión cósmica:

Quiero amor o la muerte, quiero morir del todo,
quiero ser tú, tu sangre, esa lava rugiente
que regando encerrada bellos miembros extremos
siente así los hermosos limites de la vida.

(Estrofa 5, versos 17-20).

El verso amplio y los constantes paralelismos -con la consiguiente semejanza en la estructura sintáctica confieren al poema un sostenido ritmo poético, que va acompañado de una creciente intensidad del sentimiento, hasta llegar al último verso, en el que se proclama la unidad del Universo.

   

 

 

NACIMIENTO DEL AMOR

¿Cómo nació el amor? Fue ya en otoño.
Maduro el mundo,
no te aguardaba ya. Llegaste alegre,
ligeramente rubia, resbalando en lo blando
del tiempo. Y te miré. ¡Qué hermosa
me pareciste aún, sonriente, vívida,
frente a la luna aún niña, prematura en la tarde,
sin luz, graciosa en aires dorados; como tú,
que llegabas sobre el azul, sin beso,
pero con dientes claros, con impaciente amor!

Te miré. La tristeza
se encogía a lo lejos, llena de paños largos,
como un poniente graso que sus ondas retira.

Casi una lluvia fina -¡el cielo azul!- mojaba
tu frente nueva. ¡Amante, amante era el destino
de la luz! Tan dorada te miré que los soles
apenas se atrevían a insistir, a encenderse
por ti, de ti, a darte siempre
su pasión luminosa, ronda tierna
de soles que giraban en torno a ti, astro dulce,
en torno a un cuerpo casi transparente, gozoso
que empapa luces húmedas, finales, de la tarde,
y vierte, todavía matinal, sus auroras.

Eras tú, amor, destino, final amor luciente,
nacimiento penúltimo hacia la muerte acaso.

Pero no. Tú asomaste. ¿Eras ave, eras cuerpo,
alma sólo? Ah, tu carne traslúcida besaba
como dos alas tibias,
como el aire que mueve un pecho respirando,
y sentí tus palabras, tu perfume,
y en el alma profunda, clarividente
diste fondo. Calado de ti hasta el tuétano de la luz,
sentí tristeza, tristeza del amor: amor es triste.

En mi alma nacía el día. Brillando
estaba de ti, tu alma en mi estaba.

Sentí dentro, en mi boca, el sabor a la aurora.
Mis sentidos dieron su dorada verdad. Sentí a los pájaros
en mi frente piar, ensordeciendo
mi corazón. Miré por dentro
los ramos, las cañadas luminosas, las alas variantes,
y un vuelo de plumajes de color, de encendidos
presentes me embriagó, mientras todo mi ser a un mediodía,
raudo, loco, creciente se incendiaba
y mi sangre ruidosa se despeñaba en gozos
de amor, de luz, de plenitud, de espuma.

 

Aleixandre evoca en estos versos, libremente agrupados en tres conjuntos estróficos, la capacidad transformadora del amor -encarnado en el cuerpo de la amada-, que retira la tristeza del mundo y sume el alma del poeta en un profundo estado de dicha.


En los diez primeros versos que conforman la estrofa inicial describe el poeta la inesperada irrupción de la amada en una tarde otoñal; y, de igual manera que la luna aparece en el cielo "aún niña, prematura en la tarde, / sin luz, graciosa en aires dorados;" (versos 7, 8), la amada llega "sobre el azul, sin beso, / pero con dientes claros, con incipiente amor." (versos 9, 10): la predisposición al beso que la clara sonrisa de los dientes femeninos sugiere, junto con la impaciencia amorosa, anticipan ya la transformación que la presencia de la amada va a ejercer en la creación entera y, por tanto, en el propio ser del poeta.

La segunda estrofa -que cuenta con trece versos- arranca con el destierro de la tristeza, que huye a lo lejos, envuelta en solemne gravedad, ante la alegre presencia del amor: "Te miré. La tristeza / se encogía a lo lejos, llena de paños largos, / como un poniente graso que sus ondas retira." (versos 11-13). El símil como un poniente graso que sus ondas retira descansa en la semejanza emocional que existe entre el carácter mortecino de la luz crepuscular -desde que se pone el sol hasta que entra la noche- y la falta de vigor que es consustancial a la tristeza. 

El inciso exclamativo del verso 14 -fenómeno denominado ecfonesis- hace posible la siguiente imagen: "Casi una lluvia fina -¡el cielo azul!- mojaba / tu frente nueva." (versos 14, 15): el delicado color azul del cielo, como si fuera lluvia, se proyecta en la frente de la amada mojándola de brillantes reflejos. Y tan luminoso es su cuerpo, tan áureo su color, que se erige en el centro del Cosmos, alrededor del cual giran los astros con sus luces desvaídas: "Tan dorada te miré que los soles / apenas se atrevían a insistir, a encenderse / por ti, de ti, a darte siempre / su pasión luminosa, ronda tierna / de soles que giraban en torno a ti," (versos 16-20). La amada se convierte así en "astro dulce" que absorbe las últimas luces de la tarde y, cuando todo se apaga, sigue emanando claridad, destilando luz sonrosada de aurora: "astro dulce, / <... .> que empapa luces húmedas, finales, de la tarde, / y vierte, todavía matinal, sus auroras. (versos 20, 22-23).

Los versos iniciales de la tercera estrofa -larga estrofa de veintidós versos- contienen una de las más emotivas imágenes de la poesía de Aleixandre: "Ah, tu carne traslúcida / besaba como dos alas tibias, / como el aire que mueve un pecho respirando,"(versos 27-29); imagen cuyo transfondo lingüístico -versos 27, 28- explica Leopoldo de Luis con estas palabras: "El pretérito imperfecto besaba tiene por sujeto a carne, que se convierte así en elemento activo del beso, cuando sería más habitual considerarla como elemento pasivo, esto es: besada. Ahora bien, las dos alas que a continuación aparecen, sin duda indican que se trata de los labios -besadores activos, en efecto-, que han sido aludidos con un singular: carne traslúcida". (Nota a pie de página en la edición de Sombra del paraíso preparada por Leopoldo de Luis para la editorial Castalia, y publicada en la colección Clásicos Castalia, núm. 71; p. 100). 

Aleixandre presenta a la amada besando con todo su cuerpo: la carne traslúcida -espiritualizada al máximo- besa con la suavidad tibia de unas alas, con la armoniosa cadencia rítmica del aliento que impulsa la vida. La unión amorosa en la que el poeta y la amada, aniquilados sus límites corporales, se funden en un único ser, aparece expresada con desbordante entusiasmo: "y sentí tus palabras, tu perfume, / y en el alma profunda, clarividente / diste fondo. Calado de ti hasta el tuétano de la luz, / sentí tristeza, tristeza del amor: amor es triste." (versos 30-33). 

La tristeza de la que aquí habla el poeta surge como resultado de la destrucción de su propio ser como individuo en el éxtasis amoroso, precisamente para renacer en el ser amado y alcanzar la dicha total: "En mi alma nacía el día. Brillando / estaba de ti; tu alma en mi estaba." (versos 34-35). Los diez últimos versos del poema expresan, en imágenes cargadas de profunda afectividad, la dicha del amor -que la Naturaleza refleja-: el poeta siente en su boca el sabor de la aurora (verso 36); siente en su frente el piar ensordecedor de los pájaros (versos 37, 38); y su estado interior, comparado con el florecer del día, asciende hasta alcanzar su plenitud más absoluta: "todo mi ser a un mediodía, / raudo, loco, creciente, se incendiaba 1 y mi sangre ruidosa se despeñaba en gozos / de amor, de luz, de plenitud, de espuma." (versos 42-45).

La maestría en el uso del verso libre, amplio y solemne -que incluso desborda sus propios limites con numerosos encabalgamientos-, la hermosísima expresión -con un léxico que revela una poderosa imaginación poética-, el acierto poético de las imágenes, la eficacia de una sugerente adjetivación y, en definitiva, la intensísima afectividad que se desborda por todos los versos son algunos de los rasgos más destacados de este extraordinario poema, en el que el estilo de Aleixandre resplandece en toda su originalidad y expresividad.

    

 

 

 

MANO ENTREGADA

Pero otro día toco tu mano. Mano tibia.
Tu delicada mano silente. A veces cierro
mis ojos y toco leve tu mano, leve toque
que comprueba su forma, que tienta
su estructura, sintiendo bajo la piel alada el duro hueso
insobornable, el triste hueso adonde no llega nunca
el amor. Oh carne dulce que sí se empapa del amor hermoso.

Es por la piel secreta, secretamente abierta, invisiblemente entreabierta,
por donde el calor tibio propaga su voz, su afán dulce;
por donde mi voz penetra hasta tus venas tibias,
para rodar por ellas en tu escondida sangre,
como otra sangre que sonara oscura, que dulcemente oscura te besara
por dentro, recorriendo despacio como sonido puro
ese cuerpo que ahora resuena mío, mío poblado de mis voces profundas,
oh resonado cuerpo de mi amor, oh poseído cuerpo, oh cuerpo sólo sonido de mi voz poseyéndole.
Por eso, cuando acaricio tu mano sé que sólo el hueso rehúsa
mi amor -el nunca incandescente hueso del hombre-.

Y que una zona triste de tu ser se rehúsa,
mientras tu carne entera llega un instante lúcido
en que total flamea, por virtud de ese leve contacto de tu mano,
de tu porosa mano suavísima que gime,
tu delicada mano silente, por donde entro
despacio, despacísimo, secretamente en tu vida,
hasta tus venas hondas totales donde bogo,
donde te pueblo y canto completo entre tu carne.

En dos excelentes libros -Teoría de la expresión poética y La poesía de Vicente Aleixandre, publicados ambos por la editorial Gredos-, el poeta y académico Carlos Bousoño ha estudiado, en poemas de Aleixandre, dos tipos de sintaxis: una lenta y morosa -dinamismo sintáctico expresivo negativo- y otra rápida y ágil- dinamismo sintáctico expresivo positivo-, dependiendo, en cada caso, de las categorías gramaticales y tipos de oraciones empleadas; sintaxis que subraya expresivamente los contenidos comunicados en los amplios versículos de este extraordinario poeta.

Bousoño pone como ejemplo de dinamismo sintáctico expresivo negativo el poema "Mano entregada", quizá uno de los mejores del libro Historia del corazón; bellísima intuición poética de la significación y consecuencia de una mano entregada en amor. La sintaxis, en su conjunto, es retardataria, y no hace sino reflejar la morosidad del significado poemático: el gozo de amar y sus límites (oposición simbólica carne/hueso). En efecto: la riqueza de verbos subordinados -las estrofas segunda y tercera sólo contienen dos verbos principales, de los que dependen veinte verbos subordinados-; la abundancia de adjetivos -de cuyo poder dilatorio se ha valido poeta-; las reiteraciones; la abundancia de sinónimos; la multiplicidad de complementos o determinantes que añaden pequeños matices secundarios...; todo ello contribuye a conferir a la sintaxis un ritmo lentísimo, acorde con el propio contenido expresado en el poema.

Y frente al lento discurrir de los versículos del poema "Mano entregada", se erige la sintaxis vertiginosa de los catorce últimos versículos del poema "En la plaza" (los tres últimos de la estrofa séptima, y las estrofas octava y novena completas), poema que también pertenece a Historia del corazón y que constituye un claro ejemplo de dinamismo sintáctico expresivo positivo, basado en una rápida sucesión de formas verbales con las que Aleixandre intenta expresar el vivificador sentimiento de encontrarse "entre los demás <. . .> rumorosamente arrastrado" (versos 2, 3), de encontrarse "en el movimiento con que el gran corazón de los hombres palpita extendido" (verso 9).

    

 

 

 

EL OLVIDO

No es tu final como una copa vana
que hay que apurar. Arroja el casco, y muere.
Por eso lentamente levantas en tu mano
un brillo o una mención, y arden tus dedos,
como una nieve súbita.
Está y no estuvo, pero estuvo y calla.
El frío quema y en tus ojos nace
su memoria. Recordar es osceno,
peor: es triste. Olvidar es morir.
Con dignidad murió. Su sombra cruza.

 

Destaca en este breve poema la entereza moral con que el poeta se enfrenta a la muerte, renunciando a los halagos nostálgicos del recuerdo.

Pere Gimferrer -en su Prólogo a la Antología total de la poesía de Vicente Aleixandre (Barcelona, Seix Barral, 1975), ha señalado determinados rasgos de estilo que son comunes a Poemas de la consumación y a Diálogos del conocimiento, algunos de los cuales pueden reconocerse en este poema, tan admirable en la expresión como denso de sentido. "El más singular y visible -escribe Gimferrer- posiblemente sea la tendencia a la concatenación de aforismos de sentido ambiguo, a menudo alógicos, que además en muchas ocasiones se excluirán mutuamente puestos en relación con el contexto. 

Este falso estilo aforístico-ejemplificado por lo común en la identidad entre dos infinitivos, o en oraciones cuyo sujeto es un pronombre personal, casi siempre quien, y al que con frecuencia se refieren dos verbos, uno en presente y otro en pretérito perfecto- domina el sector más reciente de la poesía aleixandrina de modo tan claro como, en el pasado, lo había hecho el empleo de la o identificativa." (p. 23). <Junto al falso estilo aforístico, Gimferrer destaca en Poemas de la consumación y Diálogos del conocimiento otros rasgos estilísticos, tales como la rima interna, la aliteración, el juego de palabras y la intertextualidad referida a la propia obra del autor, tanto en un mismo libro como en libros distintos>

    

   

 

ISLA  TERNURA PLAYA NO ERES EL ÚNICO